Sinfonía

Poesía

Primero vino el ruido,

estruendoso,

caótico,

acompañado de una banda sonora que acompañó a la tormenta

hasta llegar a la orilla.

Los sonidos cada vez más fuertes,

cada vez más cerca,

chocaron para dispersarse lejos

e irrumpir así en la calma maldita,

siempre maldita,

para agrietar los cráneos,

y explotar los tímpanos

con su sinfonía de muerte y primavera.

Causó

(con las miles de vibraciones que el aire,

inconsciente y contaminado,

acarreó)

espectáculo

Trajo

música dramática para las tardes de invierno

(muerte).

Luego vino el efecto secundario,

el eco sigiloso,

que entró escondiéndose como pequeños murmullos en la madrugada

que se convirtieron en besos,

risas, carcajadas, tarareos,

antes de que regresara el ruido,

siempre oportunista,

para reventar los cráneos contra las piedras,

contra el suelo,

despertar los miedos a golpes,

y dormir la vida.

Ruido maldito

viene primero

y el eco como segundo pelotón

crea una falsa calma,

un preludio a la banda sonora que traerá un huracán para el cierre

antes de los créditos

previo a los aplausos.

 

 

 

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Visita agridulce

Texto

Hace unos días visitó nuevamente. Entró a mi habitación, se sentó sobre la cama y encendió su cigarro. Todo despacio. Todo con el mayor silencio posible. Yo, paralizada, dejé caer unas lágrimas. Me aferré al edredón y cerré los ojos aunque ya no tuviera sueño. Ella presionó sus manos sobre mi pecho, atravesó la piel hasta llegar a los pulmones y apretó. Dejé de respirar. El corazón latió cada vez más rápido. Entonces recitó todos mis miedos como si fueran un poema. Sentí el humo caliente de su cigarro chocar contra mi piel, y el sabor metálico de la sangre llenar mi boca. La intente patear, pero la pierna tropezó con la mesa de noche. Lloré. Pedí que todo acabara. Luego dormí.

Desperté arropada. Pensé que fue una pesadilla de esas que hace mucho no tenía, de aquellas que dejaban salir toda la oscuridad que guardaba en los rincones más perdidos de la mente. Pero no tuve suerte. Nunca la tengo. El interior de mi cachete aún sangraba. Tenía un moretón en la pierna. Mis pulmones aún se sentían pesados. Estaba mareada, asqueada, y atormentada. Ella estaba ahí, sonriente y triunfante como una reina que entra al pueblo conquistado tras una larga batalla.

En sus visitas pierdo racionalidad y fortaleza. Pierdo todo, en realidad. Ella lo sabe. Escucho su voz que declama mis temores, uno por uno hasta que la lista termina y vuelve a empezar.  Se vuelve mi conciencia. ¿Y yo? Yo quedo sofocada entre tanto miedo y furia. Es algo tan puro e intenso que grito hasta apagar mi voz, hasta que cada una de las cuerdas vocales duelan. Su gran talento es hacerme creer que estoy sola durante su estadía. Pero luego, cuando se va, todos los sentimientos regresan al mismo tiempo con ellos llega la luz nuevamente. En el paladar que ese sentimiento agridulce porque sé que va a regresar. Ella es la parte de mi oscuridad a la que no puedo renunciar.

Esta vez la visita duró cuatro días. Lo sé porque lo anoté en un cuaderno. Cada momento fue peor que el anterior. Cada segundo significaba menos vida. Ella atacó ese último día con arma en mano y dispuesta a matar. La obligaron a retroceder una maraña de brazos que la detuvieron y apagaron su cigarro. Esa noche se quedó en la puerta. A la mañana siguiente se tiró del carro mientras íbamos en el tráfico. El único recuerdo de su presencia fue una estela de humo.

Nunca sé si voy a ser lo suficientemente fuerte la próxima vez que regrese. Ella tiene la habilidad de desarmar todo en cuaquier momento. O casi todo. Lo único que no me quita (hasta ahora) es la esperanza y a eso me aferro cada vez que viene y vuelvo a sentir que ya no respiro.

Calor

Poesía

El único calor viene de esa piel que busco,

tersa y suave, 

sin cicatrices, 

que contrasta con la dureza de mis codos, 

con mis rodillas lastimadas, 

con los callos que crecieron en mis dedos 

por tantas quemaduras luego de tratar,

vanamente,

de tocar cada pedazo de hielo que encuentro.

Estaban ahí, decía, con el brazo extendido, 

esperanzada de poder derretir todo 

con la temperatura 

gélida 

de mi propio cuerpo. 

Invierno encuentra invierno, 

y las pieles lastimadas se apilan una sobre otra, 

medio muertas, 

buscando calor donde solo hay frío. 

Alrededor 

miles de termómetros rotos  

dejan salir el mercurio.

Muerte casi instantánea. 

Arrinconada,

la primavera parece alejarse 

o acercarse

cada vez que en el camino se topa con una piel tersa

contra la cual se acurruca en busca de calor y flores,

como yo ahora

cuando siento que el invierno llega nuevamente 

y vuelvo a ser un témpano. 

Orilla

Poesía

Regreso a la orilla, siempre

sonriente, 

halos de luz rodean las articulaciones.

Respiro.

Profundo.

Inhalo sal, 

exhalo agua,

cristalina

aunque salobre,

como las lágrimas que dejé tiradas 

lejos.

Ya no me siento

vacíaolvidadasola

dentro de la vasta inmensidad marina.

Ya no me diferencio

de ese horizonte azul 

que colinda con la fantasía.

El viento sopla, 

ruge, 

arrastra la ropa, 

eldolorlacóleralamuerte.

Los objetos olvidados 

los pierde.

Yo, ahora, 

liviana y ligera, 

dejo que el cuerpo fugaz se transforme

en miles de partículas

que emanan colores

adentro. 

El ocaso

Poesía

El ocaso de la vida llegará esta tarde. 

El destino clavará el puñal en nuestros pechos. 

Lo hará rápido, fácil, sangriento

con aquella fuerza desgarradora que crecimos temiendo. 

El campo será rojo carmesí. 

La sangre llegará a los ríos, 

que correrán por kilómetros

para llenar los océanos con nuestros fluidos. 

Los cuerpos inertes pudrirán la tierra. 

Una plaga se alimentará de nuestra carne,

descompuesta por el tiempo, 

como la vida misma. 

El ocaso avisó que llegará esta tarde, 

con puñal en mano, 

y sed de muerte. 

El ocaso avisó y no escuchamos. 

Gritaremos colectivamente. 

Gritaremos y seremos un gran cuerpo

que ya no pelea por la vida, 

sino por el derecho a la muerte. 

Las ballenas

Cuento

Corro hacía arriba en las gradas de emergencia del edificio. Un escalón primero, otro después. Nunca he podido subirlos de dos en dos porque mis pies se sienten pesados, como si estuvieran hechos de hierro y quisieran fundirse con el piso. El corazón late fuerte. Palpita más rápido con cada paso. Lo siento chocar contra las costillas. Chocar cada vez más fuerte. Quiere salir de esa prisión impuesta y volar. 

El edificio no existe. No me doy cuenta hasta que mi pie lo sostiene una columna de aire. Veo hacía abajo y está el océano. Hay ballenas nadando cerca de la orilla. Emiten una luz blanca cada vez que se asoman cerca de la superficie. La gente las admira desde la orilla que parece estar cada vez más cubierta de agua. Quizás se ahoguen. 

“No existen”, dice Marina a mi oído. Ella también está suspendida en el espacio. ¿O también cree que es un edificio? “Hay que llegar al apartamento”, ordena otra voz que no reconozco. No hay nadie más, pero está claro y sigo subiendo. Las ballenas cantan una melodía triste y melancólica. Ya no quiero estar aquí. Sigo subiendo. 

Parpadeo. O al menos pienso que lo hago. 

Mi amiga desapareció y la veo en la playa. Juega con un perro gris que también quiere ver las ballenas. Subo y subo. No sé a dónde voy a llegar. La altura me da vértigo. La náusea sacude mi cuerpo y quiero bajar de esa eterna escalinata que no veo. La mitad del mar está oscura porque ya es de noche. En la otra mitad, amanece. Hay personas que duermen sobre la arena, confundidas por el tiempo que no pasa. Veo la línea de la oscuridad moverse hacia la luz, lo hace lento como si se tratara de un ataque secreto. 

“Dicen que si uno va en un avión, así se ve detrás. La noche los persigue y tienen que ir más rápido para mantenerse en el día”. Marina está otra vez a mi lado. Sonríe y señala nuestros pies. El mar está bajo nosotros y las ballenas tocan nuestros dedos mientras cantan. “Somos sus instrumentos”. El edificio tiembla. Ahora hay paredes, pero no hay suelo. Ya casi llegamos, pero el agua sube con nosotras. La canción triste se escucha más fuerte.

Un ladrido. El perro gris también está en las gradas. El agua regresa a su lugar. Todo se vuelve claro y la oscuridad se pierde. 

Ahora también está Silvia. Llegamos al piso 17. Entramos al apartamento. Está sucio, lleno de basura y gente que duerme. No los reconocemos. Voy hacia uno de los cuartos. La puerta está cerrada. Toco. No quieres abrir. Te digo que tengo sueño. Estás en mi cama. Mi habitación. Mi territorio. El enojo hace que regrese la línea que pelea por apagar el amanecer. Estoy furiosa. Corro hacia la ventana. Un brinco. 

Caigo con las ballenas en el agua. Ahora canto con ellas. 

Despierto. Estoy en casa. 

Pesado

Poesía

Algún día me sentaré en un lugar,
cualquiera, no importa,
y no me acordaré de ti.
No será en esta banca,
ni en la que está al frente,
vacía,
riéndose.
No será en esta banca
porque todavía siento,
a la par, cerquita,
aquí,
tu presencia,
vacía,
riéndose,
non grata.

No importa el tiempo
no pasa rápido para un corazón roto.
Importa el lugar porque pesa,
siempre pesa aunque esté vacío,
riéndose a carcajada suelta.
Los espacios duelen
cuando el alma está rota,
cuando estás hecha trizas,

llorando mientras todo ríe.