Calor

Poesía

El único calor viene de esa piel que busco,

tersa y suave, 

sin cicatrices, 

que contrasta con la dureza de mis codos, 

con mis rodillas lastimadas, 

con los callos que crecieron en mis dedos 

por tantas quemaduras luego de tratar,

vanamente,

de tocar cada pedazo de hielo que encuentro.

Estaban ahí, decía, con el brazo extendido, 

esperanzada de poder derretir todo 

con la temperatura 

gélida 

de mi propio cuerpo. 

Invierno encuentra invierno, 

temperaturas cada vez más bajas

y las pieles lastimadas se apilan una sobre otra, 

medio muertas, 

buscando calor donde solo hay frío. 

Alrededor 

miles de termómetros rotos  

dejan salir el mercurio.

Muerte casi instantánea. 

Arrinconada,

la primavera parece alejarse 

o acercarse

cada vez que en el camino se topa con una piel tersa

contra la cual se acurruca en busca de calor y flores,

como yo ahora

cuando siento que el invierno llega nuevamente 

y vuelvo a ser un témpano. 

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Orilla

Poesía

Regreso a la orilla, siempre

sonriente, 

halos de luz rodean las articulaciones.

Respiro.

Profundo.

Inhalo sal, 

exhalo agua,

cristalina

aunque salobre,

como las lágrimas que dejé tiradas 

lejos.

Ya no me siento

vacíaolvidadasola

dentro de la vasta inmensidad marina.

Ya no me diferencio

de ese horizonte azul 

que colinda con la fantasía.

El viento sopla, 

ruge, 

arrastra la ropa, 

eldolorlacóleralamuerte.

Los objetos olvidados 

los pierde.

Yo, ahora, 

liviana y ligera, 

dejo que el cuerpo fugaz se transforme

en miles de partículas

que emanan colores

adentro. 

El ocaso

Poesía

El ocaso de la vida llegará esta tarde. 

El destino clavará el puñal en nuestros pechos. 

Lo hará rápido, fácil, sangriento

con aquella fuerza desgarradora que crecimos temiendo. 

El campo será rojo carmesí. 

La sangre llegará a los ríos, 

que correrán por kilómetros

para llenar los océanos con nuestros fluidos. 

Los cuerpos inertes pudrirán la tierra. 

Una plaga se alimentará de nuestra carne,

descompuesta por el tiempo, 

como la vida misma. 

El ocaso avisó que llegará esta tarde, 

con puñal en mano, 

y sed de muerte. 

El ocaso avisó y no escuchamos. 

Gritaremos colectivamente. 

Gritaremos y seremos un gran cuerpo

que ya no pelea por la vida, 

sino por el derecho a la muerte. 

Las ballenas

Cuento

Corro hacía arriba en las gradas de emergencia del edificio. Un escalón primero, otro después. Nunca he podido subirlos de dos en dos porque mis pies se sienten pesados, como si estuvieran hechos de hierro y quisieran fundirse con el piso. El corazón late fuerte. Palpita más rápido con cada paso. Lo siento chocar contra las costillas. Chocar cada vez más fuerte. Quiere salir de esa prisión impuesta y volar. 

El edificio no existe. No me doy cuenta hasta que mi pie lo sostiene una columna de aire. Veo hacía abajo y está el océano. Hay ballenas nadando cerca de la orilla. Emiten una luz blanca cada vez que se asoman cerca de la superficie. La gente las admira desde la orilla que parece estar cada vez más cubierta de agua. Quizás se ahoguen. 

“No existen”, dice Marina a mi oído. Ella también está suspendida en el espacio. ¿O también cree que es un edificio? “Hay que llegar al apartamento”, ordena otra voz que no reconozco. No hay nadie más, pero está claro y sigo subiendo. Las ballenas cantan una melodía triste y melancólica. Ya no quiero estar aquí. Sigo subiendo. 

Parpadeo. O al menos pienso que lo hago. 

Mi amiga desapareció y la veo en la playa. Juega con un perro gris que también quiere ver las ballenas. Subo y subo. No sé a dónde voy a llegar. La altura me da vértigo. La náusea sacude mi cuerpo y quiero bajar de esa eterna escalinata que no veo. La mitad del mar está oscura porque ya es de noche. En la otra mitad, amanece. Hay personas que duermen sobre la arena, confundidas por el tiempo que no pasa. Veo la línea de la oscuridad moverse hacia la luz, lo hace lento como si se tratara de un ataque secreto. 

“Dicen que si uno va en un avión, así se ve detrás. La noche los persigue y tienen que ir más rápido para mantenerse en el día”. Marina está otra vez a mi lado. Sonríe y señala nuestros pies. El mar está bajo nosotros y las ballenas tocan nuestros dedos mientras cantan. “Somos sus instrumentos”. El edificio tiembla. Ahora hay paredes, pero no hay suelo. Ya casi llegamos, pero el agua sube con nosotras. La canción triste se escucha más fuerte.

Un ladrido. El perro gris también está en las gradas. El agua regresa a su lugar. Todo se vuelve claro y la oscuridad se pierde. 

Ahora también está Silvia. Llegamos al piso 17. Entramos al apartamento. Está sucio, lleno de basura y gente que duerme. No los reconocemos. Voy hacia uno de los cuartos. La puerta está cerrada. Toco. No quieres abrir. Te digo que tengo sueño. Estás en mi cama. Mi habitación. Mi territorio. El enojo hace que regrese la línea que pelea por apagar el amanecer. Estoy furiosa. Corro hacia la ventana. Un brinco. 

Caigo con las ballenas en el agua. Ahora canto con ellas. 

Despierto. Estoy en casa. 

Pesado

Poesía

Algún día me sentaré en un lugar,
cualquiera, no importa,
y no me acordaré de ti.
No será en esta banca,
ni en la que está al frente,
vacía,
riéndose.
No será en esta banca
porque todavía siento,
a la par, cerquita,
aquí,
tu presencia,
vacía,
riéndose,
non grata.

No importa el tiempo
no pasa rápido para un corazón roto.
Importa el lugar porque pesa,
siempre pesa aunque esté vacío,
riéndose a carcajada suelta.
Los espacios duelen
cuando el alma está rota,
cuando estás hecha trizas,

llorando mientras todo ríe.

Día 1

Texto

Triste. Inexplicablemente triste. El lapicero está olvidado en la esquina – hoy no quieres tocarlo-, desgarraste el cuaderno con los poemas nuevos en mil pedazos – nada te gusta -, y el libro que pretendías terminar sigue acostado en la mesa de noche. Amaneciste sin tener sentido u orientación. Afuera, llueve a cántaros.

Saliste de casa con la esperanza de encontrar algo que te mantenga viva. ¿Qué harás mañana? ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? Haces mil y un preguntas en tu cabeza. Ninguna tiene respuesta. ¿De qué sirves? ¿Y si nunca eres suficiente? Lloras los dos kilómetros que toma llegar de tu casa al pequeño centro comercial. No entras. Te sientas en el pasillo y pretendes esperar. Estás empapada. El agua no dio tregua en todo el camino. La ropa está pegada a tu cuerpo. Tiemblas. ¿Quién eres? Te sientes como la impostora más auténtica. 

El tiempo pasa, rápido y lento al mismo tiempo. Cada segundo es más difícil respirar así que te levantas, corres y esperas que los sentimientos no te alcancen. 

… Y se tomó el veneno. Ahí lo tengo en el hospital… casi se nos muere. Si el papá no hubiera… 

El eco de la conversación te detiene. Dos señoras hablan en el garaje de una de las casas. Una de ellas llora. Tus lágrimas dejaron de caer durante unos segundos. La lluvia también se detuvo por unos instantes. Te ven en la calle y corren a seguir la conversación adentro, en lo seguro. 

Veneno. La palabra se quedó pegada. Ve-ne-no. La repites. Tres sílabas que parecen ser la redención que tanto buscabas. 

“El cuerpo es la cárcel del alma”, decía el profesor que te dio filosofía en cuarto bachillerato, aquel que trataba de enseñar el existencialismo desde un punto de vista religioso. Hoy entiendes esa lección que en su momento parecía estúpida, sosa.

Cuerpo.
Cárcel.
Cadáver.
Libertad.
Muerte.
Libertad.
Li-ber-tad. 

La realización te cayó como un balde de agua fría. La piel se heló al punto de que la lluvia parecía cálida, como un abrazo de esos que no recibes hace meses. Morir es la solución. Corres de regreso a casa  con una nueva energía y una gran sonrisa en el rostro. Todo está claro. Vas a morir pronto y ya nada pesa.

Decides tomar 20 días para poner tus asuntos en orden, para asegurarte que nada quede suelto. Solo 20 días y ya. No existirás. No pensarás. No sentirás. Nada. Nada. Nada. Dejarás de habitar este mundo que parece ser para los que saben funcionar dentro de él.

Sonríes el resto de la tarde. Nadie entiende por qué no te has quitado la ropa mojada. Afuera todavía llueve. 

Cuento

… 

Ella grita. El metal se hunde en su piel. Profundo, cada vez más profundo. Veo rojo. Escurre. Vacía. Está cada vez más vacía. Ella grita. Fuerte. Cada vez más fuerte.

No quiero pensar en la muerte, pero es inevitable mientras camino por el cementerio. Las lápidas blancas, las letras grandes que anuncian al eterno habitante debajo de ellas, la grama verde que regaron hace unas cuantas horas, el camino que se extiende a lo largo de la planicie… A lo lejos creo ver a alguien. Creo porque en segundos la figura desaparece y se convierte en una sombra. 

El silencio me ensordece. En el pueblo no ha pasado nada desde aquella noche. Todos se mantienen dentro de sus casas. Las puertas están cerradas. Están mudos. Yo no duermo. Nunca. 

Isabela lo dijo. Afirmó que esto nos iba a matar. Lo repitió mientras el líquido rojo brotaba de su cuerpo, mientras el metal se hundía, mientras los gritos se hacían incomprensibles, mientras se ahogaba con su propia saliva… aún queda la sombra de la sangre sobre el pavimento. Nadie quiere morir y yo no quiero pensar en la muerte. Pero solo en mis sueños no he matado a alguien. 

Ella grita. Se escucha lejos. Todo empieza otra vez.

…