Día 2. Sirena

Quisiera ser sirena, digo todas las mañanas
cuando los pies tocan el agua,
el cuerpo se hunde,
los brazos se estiran,
y las piernas patean.
No quiero salir nunca
ni siquiera cuando involuntariamente respiro
y la garganta se raspa por haber tragado agua
que saldrá expulsada violentamente.
Aún en esos momentos, lo único que quiero es volver a sumergir la cabeza,
dejar que los sentidos se inunden hasta ser líquidos
y yo no exista.
Abajo de la superficie no he encontrado caos
miedo
tristeza
tampoco lágrimas.
Quizá están en la profundidad
o al acecho.
No importa.
Qué más da si en este momento,
en este magnífico segundo en el que los oídos duelen por la presión,
hay silencio absoluto
y los pensamientos no tienen eco.
La única melodía es la de otros cuerpos que chocan contra la superficie
para también formar parte de este mundo.
Quisiera ser sirena, pienso
con dolor
mientras crecen las piernas nuevamente.

Día 1. Más tristeza que persona.

Soy más tristeza que persona,

al menos hoy, en este segundo.

Siento a la emoción moverse,

colarse por cada terminación nerviosa,

poner banderas de conquista en cada célula

hasta ocupar cada espacio de este cuerpo,

hasta ya no respirar si no es para sacar fuerza,

expulsar a las lágrimas.

Estoy triste, quiero decir, pero los labios traidores se curvan en una sonrisa

y de ellos saldrán bromas, te quieros, y palabras de aliento.

Nadie creerá que adentro todo está vacío,

todo duele.

No es la actitud. No estoy distraída.

Es la cabeza que juega a meter zancadilla

para que caiga y me hunda en el frío océano.

No importan las ganas de comerme al mundo,

ni los pendientes,

ni la gente que repite una y otra vez que voy a estar bien

porque esto solo es una etapa.

Soy más tristeza que persona, me urge gritar

pero solo le doy sorbos al té verde

porque el café también se volvió amigo de los días tristes.

Calor

El único calor viene de esa piel que busco,

tersa y suave, 

sin cicatrices, 

que contrasta con la dureza de mis codos, 

con mis rodillas lastimadas, 

con los callos que crecieron en mis dedos 

por tantas quemaduras luego de tratar,

vanamente,

de tocar cada pedazo de hielo que encuentro.

Estaban ahí, decía, con el brazo extendido, 

esperanzada de poder derretir todo 

con la temperatura 

gélida 

de mi propio cuerpo. 

Invierno encuentra invierno, 

y las pieles lastimadas se apilan una sobre otra, 

medio muertas, 

buscando calor donde solo hay frío. 

Alrededor 

miles de termómetros rotos  

dejan salir el mercurio.

Muerte casi instantánea. 

Arrinconada,

la primavera parece alejarse 

o acercarse

cada vez que en el camino se topa con una piel tersa

contra la cual se acurruca en busca de calor y flores,

como yo ahora

cuando siento que el invierno llega nuevamente 

y vuelvo a ser un témpano. 

Orilla

Regreso a la orilla, siempre

sonriente, 

halos de luz rodean las articulaciones.

Respiro.

Profundo.

Inhalo sal, 

exhalo agua,

cristalina

aunque salobre,

como las lágrimas que dejé tiradas 

lejos.

Ya no me siento

vacíaolvidadasola

dentro de la vasta inmensidad marina.

Ya no me diferencio

de ese horizonte azul 

que colinda con la fantasía.

El viento sopla, 

ruge, 

arrastra la ropa, 

eldolorlacóleralamuerte.

Los objetos olvidados 

los pierde.

Yo, ahora, 

liviana y ligera, 

dejo que el cuerpo fugaz se transforme

en miles de partículas

que emanan colores

adentro. 

Pesado

Algún día me sentaré en un lugar,
cualquiera, no importa,
y no me acordaré de ti.
No será en esta banca,
ni en la que está al frente,
vacía,
riéndose.
No será en esta banca
porque todavía siento,
a la par, cerquita,
aquí,
tu presencia,
vacía,
riéndose,
non grata.

No importa el tiempo
no pasa rápido para un corazón roto.
Importa el lugar porque pesa,
siempre pesa aunque esté vacío,
riéndose a carcajada suelta.
Los espacios duelen
cuando el alma está rota,
cuando estás hecha trizas,

llorando mientras todo ríe.

… 

Ella grita. El metal se hunde en su piel. Profundo, cada vez más profundo. Veo rojo. Escurre. Vacía. Está cada vez más vacía. Ella grita. Fuerte. Cada vez más fuerte.

No quiero pensar en la muerte, pero es inevitable mientras camino por el cementerio. Las lápidas blancas, las letras grandes que anuncian al eterno habitante debajo de ellas, la grama verde que regaron hace unas cuantas horas, el camino que se extiende a lo largo de la planicie… A lo lejos creo ver a alguien. Creo porque en segundos la figura desaparece y se convierte en una sombra. 

El silencio me ensordece. En el pueblo no ha pasado nada desde aquella noche. Todos se mantienen dentro de sus casas. Las puertas están cerradas. Están mudos. Yo no duermo. Nunca. 

Isabela lo dijo. Afirmó que esto nos iba a matar. Lo repitió mientras el líquido rojo brotaba de su cuerpo, mientras el metal se hundía, mientras los gritos se hacían incomprensibles, mientras se ahogaba con su propia saliva… aún queda la sombra de la sangre sobre el pavimento. Nadie quiere morir y yo no quiero pensar en la muerte. Pero solo en mis sueños no he matado a alguien. 

Ella grita. Se escucha lejos. Todo empieza otra vez.

… 

Vacía

Vacía, 

envuelta en kilómetros de piel, 

arropada por abrazos y risas,

por canciones de cuna y amores imposibles 

pero vacía.

Tan vacía que ya no me encuentro. 

Me escondí en una esquina de la mente, 

y construí la muralla más solida. 

No hay nada ni nadie. 

Solo las paredes en blanco,

vacías aún.

Mi piel es el jarrón que adentro no tiene flores.

Yo estoy.

Solo estoy,

existo,

solo existo,

acompañada del vacío que vive dentro.

Estoy vacía.

Vacía sin ganas de llenarme. 

Aire

Siempre quise ser aire. 

De nadie y de todos. 

Alta y baja. 

Invisible. Lejana. Palpable. 

Fría por temporadas,

húmeda por momentos.

Siempre quise ser aire, 

ser vida, 

ser fuerte, 

ser mía. 

Estar por el mundo, 

causar un ciclón a medio océano, 

ser ráfaga fresca en la mañana, 

ordenar un tornado a medio día, 

y una depresión tropical para la cena.  

Siempre quise ser aire, 

ir lejos, 

flotar, 

ser incolora.

Viajar a kilómetros por hora

y botar palmeras, 

causar estragos que dejen marca, 

que los cuerpos sobre la calle

tengan mi nombre. 

Siempre quise ser aire

para borrar tu nombre de la playa,

que no queden recuerdos, 

que el viento se lleve todo, 

y que los pedazos rotos que quedaron en la orilla 

se hundan en el mar de recuerdos. 

Profundo. 

Ahí donde no llega el aire. 

No se vayan aún

Para las personas con quienes comparto algunos genes, pero no puntos de vista. 

Los y las quiero. Siempre.

Llevo pedazos de ustedes adentro, 

pequeños fragmentos que compartieron conmigo, 

todos más pequeños que una partícula de polvo.

Están enraizados en mi mente,

muy profundo,

se sienten míos y de ustedes, 

al mismo tiempo. 

Peleo contra ellos, 

contra mi misma, 

contra esa parte que quiero perder,

pero no completamente. 

Por favor quédense. 

No quiero sus partes, 

no todas al menos. 

Algunas sirven,

de vez en cuando.

Lo que no me gusta lo puse en la puerta de entrada, 

o de salida,

como quieran verlo.

Está abierta, 

siempre. 

No se vayan. 

Déjenme regresar algunos fragmentos, 

tal vez quieran alguno de los míos a cambio. 

No son perfectos, 

están un poco rotos, 

duelen por momentos, 

pero son míos,

completamente míos. 

Hablemos de esto, 

aunque estemos cansados, 

aunque la batalla se sienta perdida, 

aunque no nos reconozcamos.

Armemos algo nuevo, 

algo que podamos llevar todos. 

Será nuestra pequeña tregua.

Perdón por regresar los pedazos, 

ahora me doy cuenta

que siempre fueron suyos,

completamente suyos. 

Yo solo los usé por un tiempo.

Dejé algunos míos a la salida 

o la entrada, como sea.

Tómenlos prestados un rato, 

si quieren.

No se vayan aún.