Día 2. Sirena

Quisiera ser sirena, digo todas las mañanas
cuando los pies tocan el agua,
el cuerpo se hunde,
los brazos se estiran,
y las piernas patean.
No quiero salir nunca
ni siquiera cuando involuntariamente respiro
y la garganta se raspa por haber tragado agua
que saldrá expulsada violentamente.
Aún en esos momentos, lo único que quiero es volver a sumergir la cabeza,
dejar que los sentidos se inunden hasta ser líquidos
y yo no exista.
Abajo de la superficie no he encontrado caos
miedo
tristeza
tampoco lágrimas.
Quizá están en la profundidad
o al acecho.
No importa.
Qué más da si en este momento,
en este magnífico segundo en el que los oídos duelen por la presión,
hay silencio absoluto
y los pensamientos no tienen eco.
La única melodía es la de otros cuerpos que chocan contra la superficie
para también formar parte de este mundo.
Quisiera ser sirena, pienso
con dolor
mientras crecen las piernas nuevamente.

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Día 1. Más tristeza que persona.

Soy más tristeza que persona,

al menos hoy, en este segundo.

Siento a la emoción moverse,

colarse por cada terminación nerviosa,

poner banderas de conquista en cada célula

hasta ocupar cada espacio de este cuerpo,

hasta ya no respirar si no es para sacar fuerza,

expulsar a las lágrimas.

Estoy triste, quiero decir, pero los labios traidores se curvan en una sonrisa

y de ellos saldrán bromas, te quieros, y palabras de aliento.

Nadie creerá que adentro todo está vacío,

todo duele.

No es la actitud. No estoy distraída.

Es la cabeza que juega a meter zancadilla

para que caiga y me hunda en el frío océano.

No importan las ganas de comerme al mundo,

ni los pendientes,

ni la gente que repite una y otra vez que voy a estar bien

porque esto solo es una etapa.

Soy más tristeza que persona, me urge gritar

pero solo le doy sorbos al té verde

porque el café también se volvió amigo de los días tristes.

Sinfonía

Primero vino el ruido,

estruendoso,

caótico,

acompañado de una banda sonora que acompañó a la tormenta

hasta llegar a la orilla.

Los sonidos cada vez más fuertes,

cada vez más cerca,

chocaron para dispersarse lejos

e irrumpir así en la calma maldita,

siempre maldita,

para agrietar los cráneos,

y explotar los tímpanos

con su sinfonía de muerte y primavera.

Causó

(con las miles de vibraciones que el aire,

inconsciente y contaminado,

acarreó)

espectáculo

Trajo

música dramática para las tardes de invierno

(muerte).

Luego vino el efecto secundario,

el eco sigiloso,

que entró escondiéndose como pequeños murmullos en la madrugada

que se convirtieron en besos,

risas, carcajadas, tarareos,

antes de que regresara el ruido,

siempre oportunista,

para reventar los cráneos contra las piedras,

contra el suelo,

despertar los miedos a golpes,

y dormir la vida.

Ruido maldito

viene primero

y el eco como segundo pelotón

crea una falsa calma,

un preludio a la banda sonora que traerá un huracán para el cierre

antes de los créditos

previo a los aplausos.

 

 

 

Calor

El único calor viene de esa piel que busco,

tersa y suave, 

sin cicatrices, 

que contrasta con la dureza de mis codos, 

con mis rodillas lastimadas, 

con los callos que crecieron en mis dedos 

por tantas quemaduras luego de tratar,

vanamente,

de tocar cada pedazo de hielo que encuentro.

Estaban ahí, decía, con el brazo extendido, 

esperanzada de poder derretir todo 

con la temperatura 

gélida 

de mi propio cuerpo. 

Invierno encuentra invierno, 

y las pieles lastimadas se apilan una sobre otra, 

medio muertas, 

buscando calor donde solo hay frío. 

Alrededor 

miles de termómetros rotos  

dejan salir el mercurio.

Muerte casi instantánea. 

Arrinconada,

la primavera parece alejarse 

o acercarse

cada vez que en el camino se topa con una piel tersa

contra la cual se acurruca en busca de calor y flores,

como yo ahora

cuando siento que el invierno llega nuevamente 

y vuelvo a ser un témpano. 

Orilla

Regreso a la orilla, siempre

sonriente, 

halos de luz rodean las articulaciones.

Respiro.

Profundo.

Inhalo sal, 

exhalo agua,

cristalina

aunque salobre,

como las lágrimas que dejé tiradas 

lejos.

Ya no me siento

vacíaolvidadasola

dentro de la vasta inmensidad marina.

Ya no me diferencio

de ese horizonte azul 

que colinda con la fantasía.

El viento sopla, 

ruge, 

arrastra la ropa, 

eldolorlacóleralamuerte.

Los objetos olvidados 

los pierde.

Yo, ahora, 

liviana y ligera, 

dejo que el cuerpo fugaz se transforme

en miles de partículas

que emanan colores

adentro. 

El ocaso

El ocaso de la vida llegará esta tarde. 

El destino clavará el puñal en nuestros pechos. 

Lo hará rápido, fácil, sangriento

con aquella fuerza desgarradora que crecimos temiendo. 

El campo será rojo carmesí. 

La sangre llegará a los ríos, 

que correrán por kilómetros

para llenar los océanos con nuestros fluidos. 

Los cuerpos inertes pudrirán la tierra. 

Una plaga se alimentará de nuestra carne,

descompuesta por el tiempo, 

como la vida misma. 

El ocaso avisó que llegará esta tarde, 

con puñal en mano, 

y sed de muerte. 

El ocaso avisó y no escuchamos. 

Gritaremos colectivamente. 

Gritaremos y seremos un gran cuerpo

que ya no pelea por la vida, 

sino por el derecho a la muerte. 

Pesado

Algún día me sentaré en un lugar,
cualquiera, no importa,
y no me acordaré de ti.
No será en esta banca,
ni en la que está al frente,
vacía,
riéndose.
No será en esta banca
porque todavía siento,
a la par, cerquita,
aquí,
tu presencia,
vacía,
riéndose,
non grata.

No importa el tiempo
no pasa rápido para un corazón roto.
Importa el lugar porque pesa,
siempre pesa aunque esté vacío,
riéndose a carcajada suelta.
Los espacios duelen
cuando el alma está rota,
cuando estás hecha trizas,

llorando mientras todo ríe.