Sinceridad

El agua llegaba a nuestros tobillos. Tu traje importado, casi arruinado, colgaba sobre tu cuerpo. Habías dejado el abrigo en el salón de fiesta.

Me quité los zapatos para caminar en los charcos. Reíste al ver que los tacones se quedaron tirados en la acera. Tu ceño, siempre fruncido, se relajó por una milésima de segundo. Reíste mientras me observabas porque no conocías a nadie más que bailara descalza bajo la lluvia.

La boda de tu hermana continuaba en el salón que habíamos dejado atrás. Horas antes, tu madre, con su grueso acento italiano, nos indicó que estábamos en mesas distintas. Sin pelear, para no arruinarle la fiesta a Tatiana, nos separamos. Hablé con varios de tus familiares. Bailé con el tío Óscar. Le enseñé a la pequeña Adriana cómo quitarle cobertura al pastel sin dejar rastro. No te vi durante horas.

Tampoco te extrañé.

Pero cuando vino la lluvia, nuestras miradas se cruzaron al sentir las primeras gotas. Nos tomamos de las manos. Cerraste tus dedos sobre los míos. Tu pulgar acarició mi piel. Sonreímos.

Nuestro paraguas se quedó en casa. En algún momento, en medio de toda el agua y caos, decidimos irlo a buscar y regresar. Salimos a esperar el taxi, pero me quité los zapatos y comencé a bailar. Logré hacer lo que hace mucho no podía, caminar completamente descalza.

En esa pequeña burbuja de honestidad, con la ropa completamente arruinada, éramos lo más parecido a nosotros. Estiré mi mano, la tomaste y bailaste conmigo. Una, dos, tres piezas… El cielo se aclaró.

Hace mucho se sabía que lo nuestro no iba a durar. Por eso tu mamá me sentó en la otra mesa.

Lo único que quedaba de nosotros era la lluvia, la que siempre nos recordaba a esa primera cita en la que el cielo vaticinó lo tumultuoso de nosotros con esa tormenta. Sabíamos que cuando nos conociéramos de verdad ya no sentiríamos nada, que terminaríamos odiándonos hasta que la autodestrucción nos llevara al olvido. Pero no queríamos dejarnos ir. El egoísmo siempre fue nuestra firma.

Nos miramos cuidadamente. El agua se llevó lo que tenía que irse por la alcantarilla. Veo una luz al extremo de la calle. Respiro profundo. Tomo la decisión rápidamente. Mi mano acaricia tu mejilla de una manera tan suave que me pregunto si lo sientes. Cierras los ojos y en tu descuido te empujo frente al autobús que viene a alta velocidad.

Ya no llueve.

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