La cicatriz

Las clases de arte en casa de la tía Lucrecia son aburridas. Mis compañeras son un grupo de señoras de la alta sociedad que creen que por haber visitado museos en todos los continentes pueden ser artistas. Mi mamá convenció a la tía que me dejara ir para aprender a pintar. Yo no quería pero no tuve remedio. Así que todos los sábados, de 10 de la mañana a 1 de la tarde, tenía que sentarme en el círculo de damas para colorear sobre un lienzo.

Sí, colorear porque la clase en realidad consistía en dibujos de obras de arte famosas que tenías que rellenar con los colores asignados. Una vez traté de pintar el cielo morado (porque se me daba la gana) y Ricardo, el profesor, se acercó como un energúmeno a preguntar qué clase de bestia se tenía que ser para pensar semejante cosa.

Las señoras no hablan conmigo porque dicen que soy chiquita y no entiendo el mundo. No me importa porque tengo a Beatriz, la enfermera de una de ellas a quien también le pagan para llegar a las clases. Viene de El Tejar, tiene 24 años y le gustan las empanadas de pollo. Lo sé porque siempre que la tía Lucrecia las da como refacción, siempre come dos y pide otra para llevar.

“¿Qué le pasó ahí, seño Carolina?”, pregunta Beatriz mientras señala la cicatriz debajo de mi pulgar izquierdo, esa que parece el inicio de una luna mal dibujada con marcador blanco.

“No le presté mis crayones a Antonio y él me clavo un lápiz en la mano”, respondo mientras estiraba mi mano para tomar la tempera azul.

“¿Por qué?”

“¿Por qué, qué?”, le digo. Ricardo me ve de reojo, listo para saltar ante cualquier error.

“¿Por qué no le prestó los crayones? Hay que compartir las cosas. Eso enseñó el Señor”, responde Beatriz y, en ese momento, suena a mi madre con sus sermones eternos acerca del bien y el mal.

“Porque no quería”, digo mientras empiezo a tocar la cicatriz compulsivamente. No me gusta que la gente la vea, ni pregunte acerca de ella.

“Si se la hubiera dado, no le hubiera clavado el lápiz”, dice mi compañera y regresa a hacer su dibujo. Ya no digo nada porque mi voz se quedó trabada en mi garganta.

La herida sí la hizo Antonio, pero no fue con un lápiz. Eso le digo a todos para evitar problemas. La verdad, es que el día que lo dejó su papá, él se enojó tanto que arremetió contra lo primero que encontró en su camino. Yo estaba sentada en su sala de estar, dijo que le diera mi mano y me quedara quieta, sacó su pequeña navaja y empezó a hacer cortes sobre mi piel. Eran pequeños y superficiales al principio. No grité. No me moví. Nunca había tenido tanto miedo.

En un momento alegué que dolía, pero dijo que no fuera nena y hundió la navaja un poco más fuerte. De ahí viene la cicatriz. Le traté de decir a mamá cuando llegó a buscarme esa tarde pero la salida del papá de Antonio creó una crisis en el vecindario y mi mano ensangrentada fue la menor de las preocupaciones. Cuando me preguntó, dos días después, por qué tenía la mano lacerada, le conté la historia de los crayones. Fue tan natural que no la cuestionó.

“Eso te pasa por egoísta, Carolina”, dijo y se olvidó de la cicatriz mal hecha que tengo en la mano. Yo también seguí con mi vida. Años después me daría cuenta que ni para cortar en línea recta fue bueno Antonio.

 

 

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