Tuc. Tuc. Tuc.

Para mi abuelo, quien escuchó todas las historias primero. 

Tenía siete… o quizá, seis.

Me gustaba ir los fines de semana a casa de los abuelos. Empacaba la pequeña valija rosa con ropa de todos los colores y una pijama rosada con piececitos. Mi mamá metía un vestido sobrio y bonito (usualmente azul) antes de cerrar la maleta porque sabía que el domingo temprano tendría que ir a la iglesia. La misa me parecía aburrida, pero no me importaba tener que darle una hora a Jesús porque los fines de semana eran de mi abuelo y míos.

Mientras mi hermana, Margarita, se quedaba con la abuela en la sala del primer nivel, mi abuelo se sentaba a redactar en su máquina de escribir. Tuc. Tuc. Tuc. El sonido de las teclas me inspiraba. Utilizaba las hojas en blanco que él mantenía en la esquina y los crayones que alguna vez pertenecieron a mi tía para contar historias tan bonitas como las que escuchaba en las noches antes de ir a dormir. Tuc. Tuc. Tuc. A veces, su mano rozaba la mía al alcanzar una nueva cuartilla. Él se reía y dejaba que tomara la mía primero. Tuc. Tuc. Tuc.

De vez en cuando, él paraba para observar lo que hacía, preguntaba acerca de los dibujos mal hechos y las palabras con errores ortográficos. Yo le contaba la historia de la princesa en el laberinto, del queso al que molestaban porque tenía hoyos y de Paco, el loro carnívoro.

– ¿Suena tonto?

– Vos seguí.

Siempre sonreía cuando terminaba una explicación, me daba un beso en la frente y continuaba con su labor en la máquina de escribir. Ese sábado no fue así.

Él no estaba. Mi abuela, siempre atenta a los compromisos sociales, nos llevó a un té de la “alta sociedad”. Mientras mis primas estaban en los columpios, yo era una estatua en la mesa de los grandes. Ella no quería que ensuciara el vestido que tendría que usar para misa. Tampoco pude comer mucho.

– ¡Qué linda tu nieta, tan bien que se porta! ¿Cuántos años tiene?

– Seis. (o siete)

– Ay qué belleza. ¿Y la beba?

–  Un año (o dos).

– Qué bien portadas las dos. Tienes suerte. Estuardito me saca canas verdes…

Cuando regresamos a casa subí al estudio. Pero la máquina de escribir estaba desocupada. Las hojas estaban sobre la repisa y los crayones, escondidos en la gaveta que tenía candado. Me resigné a ver televisión. Así pasó la tarde. Mi abuelo no aparecía. Yo quería contarle que Paco había comido espinaca en la cena y le gustó, que la princesa seguía en el laberinto porque ahí era más bonito, y que aún no sabía qué hacer con el queso que tenía hoyos.

El abuelo no apareció en toda la tarde.

Fui a dormir, pero no pude conciliar el sueño. Quería a mi abuelo. Quería los crayones y las hojas en blanco.

– Dormite, mija. Mañana hay que levantarse temprano para ir a misa.

No quise cerrar los ojos aunque el enojo y la frustración eran agotadores. No sé cuánto tiempo pasó, pero escuché la puerta, luego los pasos que entraron a la habitación al final del pasillo, y por último, el ruido… Tuc. Tuc. Tuc.

Salí del cuarto, despacio para no despertar a mi abuela y a Margarita. La puerta crujió. Volteé a ver. La respuesta fue un ronquido. Estaba a salvo.

Tuc. Tuc. Tuc.

El pasillo estaba oscuro.

Tuc. Tuc. Tuc.

Llegué a la entrada del estudio.

Tuc. Tuc. Tuc.

Las hojas estaban su lugar y los crayones sobre la mesa.

– Tuve que ir a trabajar.

Tuc. Tuc. Tuc.

Tomé el crayón azul y empecé a crear pequeños mundos. Tuc. Tuc. Tuc. El queso en realidad tenía una clase de hongo. Tuc. Tuc. Tuc. Se volvió de colores. Tuc. Tuc. Tuc. Parpadeé. Tuc. Tuc. Tuc.

Abrí los ojos. Mi abuelo seguía escribiendo en la máquina. Me había quedado dormida encima de las hojas que no terminé de usar. El sol se colaba por las persianas del estudio. La casa estaba en silencio. Vi el crayón azul a un lado de mi mano. Tuc. Tuc. Tuc.

– Tato…

– No hagás mucho ruido. Dormí.

Tuc. Tuc. Tuc.

– Pero…

– Dormí.

Tuc. Tuc. Tuc.

Sabía que mi abuela se despertaría en cualquier momento, trataría de ponerme el vestido azul oscuro.Margarita lloraría porque las medias que nos ponen con la ropa elegante le dan picazón. En el desayuno, no terminaríamos el cereal de chocolate porque no se podía llegar tarde a la casa del Señor.

Tuc. Tuc. Tuc.

– Pero…

– Mirá acá y dormí.

El reloj de la mesa de noche de mi abuela estaba sobre el escritorio del estudio. Las baterías a su par. Tuc. Tuc. Tuc.

Ese domingo no fuimos a la iglesia. Mi abuelo y yo comimos cereal y panes con queso. Mi abuela se despertó tarde. Gritó al ver la hora en el reloj de la sala, corrió por toda la casa, quería llegar a la misa de medio día. Margarita lloró por el susto, pero no le pusieron las medias.  El vestido azul oscuro que no ensucié el día anterior se quedó tendido en la silla.

Ella preguntó que había pasado con el despertador, el cual había desaparecido de la mesa de noche. Lo encontró en la tarde cuando fue por un bolígrafo al estudio.

El Señor perdonó más rápido nuesta ausencia que ella el homicidio de su reloj.

 

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