La cubierta helada

El invierno hace del muelle un lugar desierto. El lago tiene una gruesa capa de hielo encima. Siempre te ha gustado ese clima, especialmente cuando hay una cubierta helada sobre el agua. Es una capa inquebrantable en algunos puntos, pero débil en otros.

Cometiste un error. Uno grande. Uno que te tiró al piso y te obligó a buscar cobijo debajo de los edredones morados de tu cama. Te sientes como la muñeca de porcelana que te regaló tu abuelo cuando cumpliste siete, esa que tiraste al suelo en un enojo y rompiste en tres pedazos. Aún la guardas en una caja. 

Eras fuerte antes de todo. Ahora lo eres más. Pero el mundo pesa, el aire te oprime y las palabras condescendientes de tus amigos se sienten como pequeñas agujas clavadas en la espalda. Tú no cabes en una caja, ni arriba de un clóset. Hay espacio abajo del hielo, en la oscuridad profunda del lago. Solo necesitas poner un pie y presionar.

Pero no quieres hundirte aún. Quieres llorar. Quieres enojarte. Quieres amar. Quieres abrazar y que nadie te suelte. Él no te rompió. Lo dijo cuando lo acusaste de deshacer tu corazón en mil pedazos. Es cierto. No te destrozó. Aquí estás, a la orilla del muelle viendo la cubierta helada que cubre el agua. Está completa, fracturada y débil en las orillas pero completa. Tú también. 

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