… 

Ella grita. El metal se hunde en su piel. Profundo, cada vez más profundo. Veo rojo. Escurre. Vacía. Está cada vez más vacía. Ella grita. Fuerte. Cada vez más fuerte.

No quiero pensar en la muerte, pero es inevitable mientras camino por el cementerio. Las lápidas blancas, las letras grandes que anuncian al eterno habitante debajo de ellas, la grama verde que regaron hace unas cuantas horas, el camino que se extiende a lo largo de la planicie… A lo lejos creo ver a alguien. Creo porque en segundos la figura desaparece y se convierte en una sombra. 

El silencio me ensordece. En el pueblo no ha pasado nada desde aquella noche. Todos se mantienen dentro de sus casas. Las puertas están cerradas. Están mudos. Yo no duermo. Nunca. 

Isabela lo dijo. Afirmó que esto nos iba a matar. Lo repitió mientras el líquido rojo brotaba de su cuerpo, mientras el metal se hundía, mientras los gritos se hacían incomprensibles, mientras se ahogaba con su propia saliva… aún queda la sombra de la sangre sobre el pavimento. Nadie quiere morir y yo no quiero pensar en la muerte. Pero solo en mis sueños no he matado a alguien. 

Ella grita. Se escucha lejos. Todo empieza otra vez.

… 

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