Calor

El único calor viene de esa piel que busco,

tersa y suave, 

sin cicatrices, 

que contrasta con la dureza de mis codos, 

con mis rodillas lastimadas, 

con los callos que crecieron en mis dedos 

por tantas quemaduras luego de tratar,

vanamente,

de tocar cada pedazo de hielo que encuentro.

Estaban ahí, decía, con el brazo extendido, 

esperanzada de poder derretir todo 

con la temperatura 

gélida 

de mi propio cuerpo. 

Invierno encuentra invierno, 

y las pieles lastimadas se apilan una sobre otra, 

medio muertas, 

buscando calor donde solo hay frío. 

Alrededor 

miles de termómetros rotos  

dejan salir el mercurio.

Muerte casi instantánea. 

Arrinconada,

la primavera parece alejarse 

o acercarse

cada vez que en el camino se topa con una piel tersa

contra la cual se acurruca en busca de calor y flores,

como yo ahora

cuando siento que el invierno llega nuevamente 

y vuelvo a ser un témpano. 

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