… 

Ella grita. El metal se hunde en su piel. Profundo, cada vez más profundo. Veo rojo. Escurre. Vacía. Está cada vez más vacía. Ella grita. Fuerte. Cada vez más fuerte.

No quiero pensar en la muerte, pero es inevitable mientras camino por el cementerio. Las lápidas blancas, las letras grandes que anuncian al eterno habitante debajo de ellas, la grama verde que regaron hace unas cuantas horas, el camino que se extiende a lo largo de la planicie… A lo lejos creo ver a alguien. Creo porque en segundos la figura desaparece y se convierte en una sombra. 

El silencio me ensordece. En el pueblo no ha pasado nada desde aquella noche. Todos se mantienen dentro de sus casas. Las puertas están cerradas. Están mudos. Yo no duermo. Nunca. 

Isabela lo dijo. Afirmó que esto nos iba a matar. Lo repitió mientras el líquido rojo brotaba de su cuerpo, mientras el metal se hundía, mientras los gritos se hacían incomprensibles, mientras se ahogaba con su propia saliva… aún queda la sombra de la sangre sobre el pavimento. Nadie quiere morir y yo no quiero pensar en la muerte. Pero solo en mis sueños no he matado a alguien. 

Ella grita. Se escucha lejos. Todo empieza otra vez.

… 

Advertisement

La cubierta helada

El invierno hace del muelle un lugar desierto. El lago tiene una gruesa capa de hielo encima. Siempre te ha gustado ese clima, especialmente cuando hay una cubierta helada sobre el agua. Es una capa inquebrantable en algunos puntos, pero débil en otros.

Cometiste un error. Uno grande. Uno que te tiró al piso y te obligó a buscar cobijo debajo de los edredones morados de tu cama. Te sientes como la muñeca de porcelana que te regaló tu abuelo cuando cumpliste siete, esa que tiraste al suelo en un enojo y rompiste en tres pedazos. Aún la guardas en una caja. 

Eras fuerte antes de todo. Ahora lo eres más. Pero el mundo pesa, el aire te oprime y las palabras condescendientes de tus amigos se sienten como pequeñas agujas clavadas en la espalda. Tú no cabes en una caja, ni arriba de un clóset. Hay espacio abajo del hielo, en la oscuridad profunda del lago. Solo necesitas poner un pie y presionar.

Pero no quieres hundirte aún. Quieres llorar. Quieres enojarte. Quieres amar. Quieres abrazar y que nadie te suelte. Él no te rompió. Lo dijo cuando lo acusaste de deshacer tu corazón en mil pedazos. Es cierto. No te destrozó. Aquí estás, a la orilla del muelle viendo la cubierta helada que cubre el agua. Está completa, fracturada y débil en las orillas pero completa. Tú también. 

Tuc. Tuc. Tuc.

Para mi abuelo, quien escuchó todas las historias primero. 

Tenía siete… o quizá, seis.

Me gustaba ir los fines de semana a casa de los abuelos. Empacaba la pequeña valija rosa con ropa de todos los colores y una pijama rosada con piececitos. Mi mamá metía un vestido sobrio y bonito (usualmente azul) antes de cerrar la maleta porque sabía que el domingo temprano tendría que ir a la iglesia. La misa me parecía aburrida, pero no me importaba tener que darle una hora a Jesús porque los fines de semana eran de mi abuelo y míos.

Mientras mi hermana, Margarita, se quedaba con la abuela en la sala del primer nivel, mi abuelo se sentaba a redactar en su máquina de escribir. Tuc. Tuc. Tuc. El sonido de las teclas me inspiraba. Utilizaba las hojas en blanco que él mantenía en la esquina y los crayones que alguna vez pertenecieron a mi tía para contar historias tan bonitas como las que escuchaba en las noches antes de ir a dormir. Tuc. Tuc. Tuc. A veces, su mano rozaba la mía al alcanzar una nueva cuartilla. Él se reía y dejaba que tomara la mía primero. Tuc. Tuc. Tuc.

De vez en cuando, él paraba para observar lo que hacía, preguntaba acerca de los dibujos mal hechos y las palabras con errores ortográficos. Yo le contaba la historia de la princesa en el laberinto, del queso al que molestaban porque tenía hoyos y de Paco, el loro carnívoro.

– ¿Suena tonto?

– Vos seguí.

Siempre sonreía cuando terminaba una explicación, me daba un beso en la frente y continuaba con su labor en la máquina de escribir. Ese sábado no fue así.

Él no estaba. Mi abuela, siempre atenta a los compromisos sociales, nos llevó a un té de la “alta sociedad”. Mientras mis primas estaban en los columpios, yo era una estatua en la mesa de los grandes. Ella no quería que ensuciara el vestido que tendría que usar para misa. Tampoco pude comer mucho.

– ¡Qué linda tu nieta, tan bien que se porta! ¿Cuántos años tiene?

– Seis. (o siete)

– Ay qué belleza. ¿Y la beba?

–  Un año (o dos).

– Qué bien portadas las dos. Tienes suerte. Estuardito me saca canas verdes…

Cuando regresamos a casa subí al estudio. Pero la máquina de escribir estaba desocupada. Las hojas estaban sobre la repisa y los crayones, escondidos en la gaveta que tenía candado. Me resigné a ver televisión. Así pasó la tarde. Mi abuelo no aparecía. Yo quería contarle que Paco había comido espinaca en la cena y le gustó, que la princesa seguía en el laberinto porque ahí era más bonito, y que aún no sabía qué hacer con el queso que tenía hoyos.

El abuelo no apareció en toda la tarde.

Fui a dormir, pero no pude conciliar el sueño. Quería a mi abuelo. Quería los crayones y las hojas en blanco.

– Dormite, mija. Mañana hay que levantarse temprano para ir a misa.

No quise cerrar los ojos aunque el enojo y la frustración eran agotadores. No sé cuánto tiempo pasó, pero escuché la puerta, luego los pasos que entraron a la habitación al final del pasillo, y por último, el ruido… Tuc. Tuc. Tuc.

Salí del cuarto, despacio para no despertar a mi abuela y a Margarita. La puerta crujió. Volteé a ver. La respuesta fue un ronquido. Estaba a salvo.

Tuc. Tuc. Tuc.

El pasillo estaba oscuro.

Tuc. Tuc. Tuc.

Llegué a la entrada del estudio.

Tuc. Tuc. Tuc.

Las hojas estaban su lugar y los crayones sobre la mesa.

– Tuve que ir a trabajar.

Tuc. Tuc. Tuc.

Tomé el crayón azul y empecé a crear pequeños mundos. Tuc. Tuc. Tuc. El queso en realidad tenía una clase de hongo. Tuc. Tuc. Tuc. Se volvió de colores. Tuc. Tuc. Tuc. Parpadeé. Tuc. Tuc. Tuc.

Abrí los ojos. Mi abuelo seguía escribiendo en la máquina. Me había quedado dormida encima de las hojas que no terminé de usar. El sol se colaba por las persianas del estudio. La casa estaba en silencio. Vi el crayón azul a un lado de mi mano. Tuc. Tuc. Tuc.

– Tato…

– No hagás mucho ruido. Dormí.

Tuc. Tuc. Tuc.

– Pero…

– Dormí.

Tuc. Tuc. Tuc.

Sabía que mi abuela se despertaría en cualquier momento, trataría de ponerme el vestido azul oscuro.Margarita lloraría porque las medias que nos ponen con la ropa elegante le dan picazón. En el desayuno, no terminaríamos el cereal de chocolate porque no se podía llegar tarde a la casa del Señor.

Tuc. Tuc. Tuc.

– Pero…

– Mirá acá y dormí.

El reloj de la mesa de noche de mi abuela estaba sobre el escritorio del estudio. Las baterías a su par. Tuc. Tuc. Tuc.

Ese domingo no fuimos a la iglesia. Mi abuelo y yo comimos cereal y panes con queso. Mi abuela se despertó tarde. Gritó al ver la hora en el reloj de la sala, corrió por toda la casa, quería llegar a la misa de medio día. Margarita lloró por el susto, pero no le pusieron las medias.  El vestido azul oscuro que no ensucié el día anterior se quedó tendido en la silla.

Ella preguntó que había pasado con el despertador, el cual había desaparecido de la mesa de noche. Lo encontró en la tarde cuando fue por un bolígrafo al estudio.

El Señor perdonó más rápido nuesta ausencia que ella el homicidio de su reloj.

 

La cicatriz

Las clases de arte en casa de la tía Lucrecia son aburridas. Mis compañeras son un grupo de señoras de la alta sociedad que creen que por haber visitado museos en todos los continentes pueden ser artistas. Mi mamá convenció a la tía que me dejara ir para aprender a pintar. Yo no quería pero no tuve remedio. Así que todos los sábados, de 10 de la mañana a 1 de la tarde, tenía que sentarme en el círculo de damas para colorear sobre un lienzo.

Sí, colorear porque la clase en realidad consistía en dibujos de obras de arte famosas que tenías que rellenar con los colores asignados. Una vez traté de pintar el cielo morado (porque se me daba la gana) y Ricardo, el profesor, se acercó como un energúmeno a preguntar qué clase de bestia se tenía que ser para pensar semejante cosa.

Las señoras no hablan conmigo porque dicen que soy chiquita y no entiendo el mundo. No me importa porque tengo a Beatriz, la enfermera de una de ellas a quien también le pagan para llegar a las clases. Viene de El Tejar, tiene 24 años y le gustan las empanadas de pollo. Lo sé porque siempre que la tía Lucrecia las da como refacción, siempre come dos y pide otra para llevar.

“¿Qué le pasó ahí, seño Carolina?”, pregunta Beatriz mientras señala la cicatriz debajo de mi pulgar izquierdo, esa que parece el inicio de una luna mal dibujada con marcador blanco.

“No le presté mis crayones a Antonio y él me clavo un lápiz en la mano”, respondo mientras estiraba mi mano para tomar la tempera azul.

“¿Por qué?”

“¿Por qué, qué?”, le digo. Ricardo me ve de reojo, listo para saltar ante cualquier error.

“¿Por qué no le prestó los crayones? Hay que compartir las cosas. Eso enseñó el Señor”, responde Beatriz y, en ese momento, suena a mi madre con sus sermones eternos acerca del bien y el mal.

“Porque no quería”, digo mientras empiezo a tocar la cicatriz compulsivamente. No me gusta que la gente la vea, ni pregunte acerca de ella.

“Si se la hubiera dado, no le hubiera clavado el lápiz”, dice mi compañera y regresa a hacer su dibujo. Ya no digo nada porque mi voz se quedó trabada en mi garganta.

La herida sí la hizo Antonio, pero no fue con un lápiz. Eso le digo a todos para evitar problemas. La verdad, es que el día que lo dejó su papá, él se enojó tanto que arremetió contra lo primero que encontró en su camino. Yo estaba sentada en su sala de estar, dijo que le diera mi mano y me quedara quieta, sacó su pequeña navaja y empezó a hacer cortes sobre mi piel. Eran pequeños y superficiales al principio. No grité. No me moví. Nunca había tenido tanto miedo.

En un momento alegué que dolía, pero dijo que no fuera nena y hundió la navaja un poco más fuerte. De ahí viene la cicatriz. Le traté de decir a mamá cuando llegó a buscarme esa tarde pero la salida del papá de Antonio creó una crisis en el vecindario y mi mano ensangrentada fue la menor de las preocupaciones. Cuando me preguntó, dos días después, por qué tenía la mano lacerada, le conté la historia de los crayones. Fue tan natural que no la cuestionó.

“Eso te pasa por egoísta, Carolina”, dijo y se olvidó de la cicatriz mal hecha que tengo en la mano. Yo también seguí con mi vida. Años después me daría cuenta que ni para cortar en línea recta fue bueno Antonio.

 

 

Los nudos

Aprendí a hacer nudos en los scout cuando era pequeña. No era buena porque siempre los apretaba para que nadie más pudiera deshacerlos. Mi mamá nunca pudo desamarrarme los zapatos por esa misma razón y, cuando se cansaba de tratar, gritaba que dejara de joderle la vida. Mi padre, de una manera más práctica, cortaba las agujetas y compraba nuevas todos los fines de semana. Una vez, mientras cenábamos en casa de mis tíos, dijeron que mejor usara zapatos de velcro como los que tenía Cristina porque se habían cansado de la constante fricción con las cuerdas.

Pero los nudos eran mi manera de ganarle al mundo. Una pequeña victoria para alguien que carece de motricidad fina. Con ellos era dueña de mi espacio. Entonces, aprendí a siempre llevar una bola de lana conmigo y dejar pedazos enmarañados por el camino.

En los scout nunca me dieron una medalla por hacer esto. La verdad, no la merecía. El punto del grupo era compartir y yo siempre fui un poco egoísta. Sobre todo si tocaba dormir en un bosque alejado del mundo. La tienda de campaña era mía. Las latas de frijol alrededor de la fogata, el pequeño manual de supervivencia y el columpio de llanta colgado del árbol también. Todo estaba cubierto con lana de todos los colores, siempre hecha una bolita desordenada para que nadie pudiera entrar a los espacios.

Dejé de ir a los campamentos porque me aburrí, como siempre me pasa en la vida con todo lo que empiezo. Pero me llevé la maña de los nudos. Casi 10 años después y mis dedos todavía recuerdan el movimiento. Los hacen mientras manejo, mientras como y mientras duermo. Si no hay tráfico, abro la ventana de mi automóvil para que la carretera se llene de lana enmarañada. Este es mi carril. Ustedes no se meten. Luego la llevo a la universidad. Este es mi escritorio. Nadie lo toque. Antes de dormir siempre pongo un moño enorme en la manija de la puerta. No entren.

Lo que nunca supe es que hay nudos que no puedes hacer ni deshacer, como los que se te hacen en la garganta. Esos se forman solitos en lo más profundo de tu ser y te asfixian hasta que exprimen agua salada de tus ojos. Son los peores.

Mi hermana, Pilar, no ha podido hablar desde hace meses porque uno de esos nudos le ha quitado la habilidad de formar oraciones completas y coherentes. Siempre que quiere decir algo, el lazo dentro de su garganta se hace más grande y le corta el aire. Ella también estuvo en los scout pero no llegó a la misma parte del entrenamiento. Nunca aprendió a amarrar cosas.

Hoy, sorpresivamente, fue un buen día. Fuimos por helado, lo comimos en absoluto silencio y decidimos regresar a casa. Ella llevaba unos pantalones negros que había manchado con su postre. Pasó la mitad del camino tratando de limpiarlos. Al final se rindió y bajó la ventana. Sacó el pedazo de lana que le regalé hace algunos años y la tiró. No tenía ni un solo nudo. Yo, como siempre, iba marcando el camino. Este es mi espacio. No se metan.

No sé si la gente había aprendido a ver los nudos desde lejos pero nadie se acercaba. Ni a mi carro. Ni al escritorio y, según cuentan, todavía se mantenía solitario el columpio del campamento. Eran mis espacios apropiados. Ya completamente míos.

A veces salía a ver los nudos que había dejado por todo el condominio. En el parque, eran de color verde y los niños siempre se tropezaban porque no los veían. En la casa de la quinta avenida, eran rojos y los nuevos inquilinos alegaron de que invadían sus tuberías y ahogaban al sillón de la sala. A veces, sí tenía suerte, podía reírme un rato de los guardias de seguridad que recogían un pedazo de lana, lo miraban con cuidado y trataban de deshacerlo para limpiar un poco la calle. Mi casa era otra historia. Mis papás se acostumbraron a todo el desorden y aprendieron que lo podían dismular si cambiaban la paleta de colores cada tres años.

Una vez traté de deshacer todo. Recorrí espacios viejos, cuartos oscuros, calles sin final y salones de clase vacíos. Pero los nudos eran fuertes. Mis dedos terminaron morados, así como los tenían mis papás cuando era pequeña y no podían desamarrarme los zapatos. Entonces empecé a cortar pedazos porque creía que eso ayudaría a limpiar un poco. Pero terminé perdiendo, ahora habían lugares que carecían de historia.

Llegamos a casa. Pilar se había acabado la lana pero el nudo que tenía en la garganta se hizo más grande en los seis kilómetros de camino. Estaba segura que dentro de poco mi hermana no podría respirar.

No voy a mentir. Me hubiera gustado que mi lana fuera como la de ella, lisa y perfecta y que hiciera una línea recta sobre la carretera. Quisiera haber podido dejar entrar a Natalia a la tienda de campaña y haberle dado permiso a Joaquín para usar el columpio. Ojalá mis papás me hubieran cortado los dedos para que dejara de amarrar todo. Pero sé que mi espacio ya está consagrado. Hice una pequeña obra de arte de la ciudad que detesto. Pero a diferencia de Pilar, no tengo nada que me apriete la garganta porque todo está fuera. Está en cada nudo, cada pedazo, cada espacio tomado…

Ahí está mi libertad.

Sinceridad

El agua llegaba a nuestros tobillos. Tu traje importado, casi arruinado, colgaba sobre tu cuerpo. Habías dejado el abrigo en el salón de fiesta.

Me quité los zapatos para caminar en los charcos. Reíste al ver que los tacones se quedaron tirados en la acera. Tu ceño, siempre fruncido, se relajó por una milésima de segundo. Reíste mientras me observabas porque no conocías a nadie más que bailara descalza bajo la lluvia.

La boda de tu hermana continuaba en el salón que habíamos dejado atrás. Horas antes, tu madre, con su grueso acento italiano, nos indicó que estábamos en mesas distintas. Sin pelear, para no arruinarle la fiesta a Tatiana, nos separamos. Hablé con varios de tus familiares. Bailé con el tío Óscar. Le enseñé a la pequeña Adriana cómo quitarle cobertura al pastel sin dejar rastro. No te vi durante horas.

Tampoco te extrañé.

Pero cuando vino la lluvia, nuestras miradas se cruzaron al sentir las primeras gotas. Nos tomamos de las manos. Cerraste tus dedos sobre los míos. Tu pulgar acarició mi piel. Sonreímos.

Nuestro paraguas se quedó en casa. En algún momento, en medio de toda el agua y caos, decidimos irlo a buscar y regresar. Salimos a esperar el taxi, pero me quité los zapatos y comencé a bailar. Logré hacer lo que hace mucho no podía, caminar completamente descalza.

En esa pequeña burbuja de honestidad, con la ropa completamente arruinada, éramos lo más parecido a nosotros. Estiré mi mano, la tomaste y bailaste conmigo. Una, dos, tres piezas… El cielo se aclaró.

Hace mucho se sabía que lo nuestro no iba a durar. Por eso tu mamá me sentó en la otra mesa.

Lo único que quedaba de nosotros era la lluvia, la que siempre nos recordaba a esa primera cita en la que el cielo vaticinó lo tumultuoso de nosotros con esa tormenta. Sabíamos que cuando nos conociéramos de verdad ya no sentiríamos nada, que terminaríamos odiándonos hasta que la autodestrucción nos llevara al olvido. Pero no queríamos dejarnos ir. El egoísmo siempre fue nuestra firma.

Nos miramos cuidadamente. El agua se llevó lo que tenía que irse por la alcantarilla. Veo una luz al extremo de la calle. Respiro profundo. Tomo la decisión rápidamente. Mi mano acaricia tu mejilla de una manera tan suave que me pregunto si lo sientes. Cierras los ojos y en tu descuido te empujo frente al autobús que viene a alta velocidad.

Ya no llueve.